Aniversario de la Generación del 27. Homenaje

El 16 de diciembre de 1927 se celebró en el Ateneo de Sevilla un homenaje a Luis de Góngora, con motivo de tercer centenario de su muerte.

Este acontecimiento, al que acudieron los poetas más representativos de la época, desde algunos consagrados hasta los emergentes, sirvió para dar nombre a toda aquella generación de poetas e intelectuales: la Generación del 27 revolucionó el panorama poético, literario, intelectual y cultural, con su espíritu alargándose a terrenos como la enseñanza, el teatro, el cine, el arte.



El concepto de generación se lo debemos a la
Antología Poética que publicó Gerardo Diego en 1932, en la que se establece un primer elenco de miembros.

La nómina de sus miembros es larga y variada y hay mucha bobliografía por internet para quen esté interesado en profundizar sobre el tema.



Algunos de ellos han alcanzado mucha notoriedad por diversos asuntos: Lorca, Alberti, Alexandre, Ayala… pero otros han quedado relegados a las cárceles de las enciclopedias literarias.

Y como homenaje a todos ellos, vamos a responder a la llamada que nos plantea Antonio Solano en Re(paso) de lengua:

…sería interesante que quienes deseen conmemorarlo en esta red de redes publicasen EL DÍA 16 DE DICIEMBRE un poema de cualquiera de los autores de la Generación del 27.

Convocados estáis.

Y lo voy a hacer recordando al último (cronológicamente hablando) de sus miembros, mi favorito desde los tiempos de la escuela, al que Dámaso Alonso calificó como «genial epígono de la generación del 27»: Miguel Hernández. Y con un poema, conocido, que desde chaval me impresinó.

Vientos del Pueblo
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

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